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    Hace 70 años, el 1 de septiembre de 1939, el acorazado alemán Schleswig-Holstein disparó en Polonia los primeros cañonazos de la Segunda Guerra Mundial y cubrió de fuego la base polaca de Westerplatte, cerca de Gdansk. El ataque marcó el inicio de una guerra que se cobró la vida de al menos 50 millones de personas en todo el mundo, cerca de seis millones de ellas en Polonia.

    Polonia insiste en que el 1 de septiembre de 1939 siga grabado en la memoria como fecha del inicio del mayor cataclismo del siglo XX, ligado a la agresión de Alemania, y de la Rusia soviética, contra Polonia, declaró el jefe del gobierno polaco, Donald Tusk.

    El martes, una veintena de jefes de gobierno asistirán a la conmemoración de este aniversario a los pies de un monumento dedicado a los defensores de Westerplatte. Entre los invitados se encuentran la canciller alemana Angela Merkel y los primeros ministros ruso Vladimir Putin, francés François Fillon, italiano Silvio Berlusconi, ucraniana Yulia Timochenko y sueco Fredrik Reinfeld, también presidente en ejercicio de la Unión Europea (UE).

    La administración estadounidense estará representada por el ex secretario de Defensa William Perry y el consejero para la Seguridad Nacional, James Jones. El nivel poco elevado de la delegación estadounidense ha provocado comentarios amargos en Polonia. La presencia de Angela Merkel y Vladimir Putin es la que levanta más expectación, dado que las interpretaciones históricas de la guerra discrepan en los tres países.

    A medida que se acercaba la fecha del aniversario, los medios polacos se han hecho eco de un número de declaraciones de historiadores rusos que acusan a Polonia de haber pactado en los años 1930 con Hitler y que otorgan a Varsovia parte de la responsabilidad del desencadenamiento del conflicto. El Servicio ruso de Inteligencia Exterior (SVR) anunció la publicación próximamente de documentos inéditos sobre la política polaca entre 1935 y 1945, con, entre otros, planes secretos de Varsovia en vísperas de la guerra.

    Un proyecto de monumento en Berlín en homenaje a los desplazados en Europa tras 1945 levanta temores en Polonia de que se pongan en pie de igualdad los sufrimientos de las víctimas del nazismo y los de los alemanes expulsados de los países de Europa central después de la guerra. Varios millones de alemanas tuvieron que huir de los territorios atribuidos a Polonia por las potencias aliadas a cambio de los territorios orientales de los que se acaparó la URSS. Millones de polacos también fueron víctimas de estas modificaciones de fronteras.

    Tras haber logrado anexionar, sin un solo disparo, Austria en marzo en 1938 y luego los territorios del oeste de la entonces Checoslovaquia, Adolf Hitler exigió a Polonia un paso, el llamado corredor de Dantzig (Gdansk en polaco), entre Prusia Oriental y el resto de Alemania, una exigencia rechazada por Varsovia. El 1 de septiembre de 1939, sin declaración de guerra formal, el ejército alemán atacó Polonia. La Unión Soviética invadió el este de Polonia 17 días después, en virtud de una cláusula secreta del pacto germano-soviético del 23 de agosto de 1939.

    El recuerdo de la Segunda Guerra Mundial sigue especialmente vivo en Polonia. Entre 5,6 y 5,8 millones de ciudadanos polacos, entre los cuales unos 3 millones de judíos, murieron durante el conflicto, según los cálculos recientes de historiadores polacos.

    PARIS.- El 1° de septiembre de 1939, el acorazado alemán Schleswig-Hosltein disparó una salva de fuego y plomo sobre la ciudad polaca de Westerplatte, que marcó el inicio de un conflicto internacional que provocó más de 50 millones de muertos y terminó con la división del mundo en dos bloques antagónicos.

    Para conmemorar el 70° aniversario del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, unos 20 jefes de Estado y de gobierno participarán hoy de las ceremonias organizadas al pie de un monumento en honor a los defensores de Westerplatte, cerca de Dansk, a orillas del Báltico.

    Polonia desea que el 1° de septiembre de 1939 quede grabado en la memoria como la fecha en que comenzó el peor cataclismo del siglo XX, derivado de la agresión de Alemania, y después de la Rusia soviética, contra nuestro país, dijo el premier polaco, Donald Tusk.

    Entre los invitados estarán los herederos jurídicos -aunque no ideológicos- de los países que participaron en esa conflagración: la canciller alemana, Angela Merkel; el primer ministro ruso, Vladimir Putin, y los primeros ministros de Francia, François Fillon; de Italia, Silvio Berlusconi, y el presidente pro témpore de la Unión Europea, el primer ministro sueco, Fredrik Reinfeldt. Estados Unidos estará representado por el ex secretario de Defensa, William Perry.

    Numerosos historiadores rusos desempolvaron la vieja acusación contra Polonia de haber pactado en los años 30 con Hitler, y consideran que Varsovia tuvo parte de la responsabilidad en el desencadenamiento del conflicto.

    Los polacos, por su parte, denuncian un proyecto alemán de hacer un monumento en honor a las poblaciones desplazadas en Europa después de 1945. Polonia teme que, así, se pongan al mismo nivel los sufrimientos de la víctimas del nazismo y de los alemanes expulsados de los países de Europa central tras la guerra.

    Varios millones de alemanes se vieron forzados a huir de los territorios atribuidos a Polonia por las potencias aliadas, en compensación por los territorios orientales ocupados por la URSS. También millones de polacos fueron víctimas de esas modificaciones de fronteras.

    En una declaración común publicada hace unos días, los obispos católicos polacos y alemanes lanzaron una advertencia contra las tentativas de explotar las heridas del pasado y despertar resentimientos con interpretaciones unilaterales de la historia. Los prelados condenaron tanto la Segunda Guerra Mundial como las expulsiones que se produjeron.

    En un artículo publicado ayer en la prensa polaca, Putin apeló a dar vuelta la página de la guerra a fin de desarrollar relaciones armónicas entre Varsovia y Moscú. Nuestro deber para con los muertos y la Historia es hacer lo posible para que las relaciones bilaterales se liberen del peso de la desconfianza y de la parcialidad que se nos dejó en herencia, escribió.

    En ese artículo, Putin evocó algunos de los episodios más controvertidos de la guerra, sobre todo la firma del pacto germano-soviético que concluyó con el reparto de Polonia entre la URSS y la Alemania nazi. A su juicio, el acuerdo concluido en agosto de 1939 puede, sin ninguna duda y con razón, ser condenado. Pero también estimó que Stalin no tenía otra opción, ya que la firma de ese documento se produjo después de que Francia e Inglaterra destruyeron toda esperanza de crear un frente común de lucha contra el fascismo, al firmar el acuerdo de Munich que entregó a Alemania los Sudetes (Checoslovaquia), con la esperanza de evitar la guerra.

    Rusia denuncia regularmente las tentativas de falsificación de la historia, destinadas a criticar el papel de los soviéticos durante la guerra. Moscú se consideró siempre liberador de Polonia y de los países bálticos. Por el contrario, en esas naciones, muchos definen a la Unión Soviética como una ocupante.

    Las divergencias en la interpretación histórica del conflicto se extienden incluso a la fecha exacta en que comenzó la guerra. Para los polacos, fue el 1° de septiembre, con la invasión alemana, seguida de la invasión soviética del sector oriental del país, el 17 de septiembre. Para franceses y británicos, fue el 3 de septiembre, cuando ambos países declararon la guerra a Alemania.

    De una población de 35 millones de habitantes, 6 millones (aproximadamente el 21.4% de la población total) murieron desde la invasión germano-soviética, hasta el fin de la ocupación alemana en 1945.

    La historia de Ana Frank y las historias de quienes fueron perseguidos por los militares durante la dictadura en Argentina han encontrado un punto de encuentro en la Casa Hilda. Esta casa, ubicada en la calle Superí de Buenos Aires es la nueva sede del centro Ana Frank en Argentina desde el 12 de junio, cuando abrió sus puertas al público.

    Si bien es cierto que desde 1996 la muestra de Ana Frank se presenta en Argentina en diversos escenarios, no existía una sede permanente donde se pudiera aprender sobre lo que vivieron Ana y su familia, escondiéndose durante varios años en el altillo de una fábrica de Amsterdam, para evitar ser llevados a campos de concentración durante la ocupación nazi en Holanda.

    Pero el año pasado, la familia que fue dueña de la casa en Superí 2647 durante 45 años, leyó el libro Testimonios para nunca más, coeditado por Eudeba y la Casa Ana Frank, que recoge el testimonio de Ana y de varios jóvenes argentinos que reflexionan sobre la dictadura en Argentina y los derechos humanos. Decidió entonces donar la casa para que se pudiera albergar allí un museo interactivo y un centro educativo que permita reflexionar sobre la historia, educar en contra de todo tipo de discriminación y brindar herramientas para promover la libertad, la igualdad y la democracia.

    La casa siempre fue un referente de protección para los vecinos del barrio, que la conocían como la casa Hilda, por el nombre de su propietaria. Allí se refugiaron personas perseguidas por la Triple A y luego por las FFAA dictatoriales, hasta que lograron salir exiliados del país. Fue una casa símbolo de sensibilidad social, dice Héctor Shalom, director del Centro Ana Frank.

    Shalom dice que es importante que exista esta colección en el país por una serie de confluencias históricas que vinculan a la Alemania dominada por el nazismo y la Argentina. El país acogió a muchos de los inmigrantes que salieron escapando de la guerra en Europa. Entre 8 y 10 millones de sobrevivientes del holocausto y también algunos de los jerarcas nazis más importantes de Alemania y Croacia se convirtieron en residentes argentinos. Por otro lado, este país ha vivido regímenes dictatoriales con una fuerte represión política y restricción de las libertades individuales.

    Ahora en el nuevo museo en la Casa Hilda se puede hacer un recorrido guiado de la muestra fotográfica de Ana Frank, recorrer las habitaciones que recrean el espacio donde la familia Frank vivió escondida, y visitar otras instalaciones de arte testimonial sobre la dictadura y la democracia en Argentina. También se puede ver allí una serie de películas cortas llamadas Free2choose, que abordan distintos temas en donde la libertad humana se pone a prueba por diferentes circunstancias.

    Existen otros museos de Ana Frank en Berlín, Londres, y Nueva York, además del museo original en Amsterdam, Holanda pero el de Argentina es el único museo de Ana Frank en toda América Latina, explica Shalom. La idea es que desde aquí se pueda irradiar la experiencia de Ana Frank por todo América Latina.

    La segunda guerra mundial fue la continuacion de la primera guerra mundial y esta fue la continuacion de la guerra franco - prusiana de 1870 , en la que Francia fue humillada y perdio los territorios de Alsacia Y Lorena.

    Entre los siglos XIX y XX las mayores carnicerias se dieron en Europa , lo bueno es que aprendieron cuando en 1945 levantaron la cabeza y vieron que estaba todo destruido desde Londres hasta Moscu.

    La segunda guerra mundial fue la continuacion de la primera guerra mundial y esta fue la continuacion de la guerra franco - prusiana de 1870 , en la que Francia fue humillada y perdio los territorios de Alsacia Y Lorena.

    En cuanto a polonia su anticomunismo acérrimo no los dejaba ver que su principal enemigo era hitler y que si hubieran formado una alianza entre GB, Francia, URSS y ellos mismos capaz hitler no se hubiera atrevido a atacar ( esto ultimo lo escribo porque es una idea que tengo y no estoy muy seguro si hubiera pasado).

    Setenta años después del inicio de la Segunda Guerra Mundial, el parlamento alemán adoptará el martes una ley que rehabilita a quienes fueron condenados bajo el nazismo como traidores de guerra.

    Los tribunales militares nazis pronunciaron unas 30.000 condenas a muerte por deserción o traición en tiempos de guerra, y unas 20.000 personas fueron ejecutadas, según los historiadores. Unas 100.000 personas fueron condenadas a penas de cárcel.

    Estas sentencias se pronunciaron en casos de deserción, de actos de resistencia al régimen, de ayuda a los judíos, e incluso de simple comentarios críticos con los nazis formulados en privado y delatados a las autoridades.

    El martes en el Parlamento, para saborear su victoria, estará Ludwig Baumann, de 87 años, ex desertor que ha llevado a cabo un combate para exculpar a los que fueron también acusados de traición.

    Su pena fue conmutada a 12 años de cárcel y de campo de concentración, gracias a la fortuna de su padre. Fue objeto de amenazas y discriminación durante décadas una vez finalizada la guerra. Hoy en día sigue recibiendo cartas anónimas.

    Pensábamos que después de la guerra lo que hicimos se valoraría, pero se nos insultó, nos trataron de cobardes, de criminales, de traidores, y recibimos amenazas, contó recientemente a los periodistas. Muchos de nosotros han acabado de forma amarga y humillante, añadió. Nadie estaba a nuestro lado.

    Baumann, que tras su encarcelamiento fue enviado con un batallón disciplinario al frente este, fundó en 1990 la Federación Alemana de las Víctimas de la Justicia Nacional-Socialista para obtener la anulación de todas estas condenas.

    Una campaña también está en curso en Austria para rehabilitar a los entre 1.200 y 1.400 austriacos desertores condenados a muerte por los nazis y obtener que se les construya un monumento de homenaje, como el inaugurado el martes en Colonia (oeste de Alemania). (AFP)

    Hace 70 años, el 1 de septiembre de 1939, el acorazado alemán Schleswig-Holstein disparó en Polonia los primeros cañonazos de la Segunda Guerra Mundial y cubrió de fuego la base polaca de Westerplatte, cerca de Gdansk. El ataque marcó el inicio de una guerra que se cobró la vida de al menos 50 millones de personas en todo el mundo, cerca de seis millones de ellas en Polonia.

    Polonia insiste en que el 1 de septiembre de 1939 siga grabado en la memoria como fecha del inicio del mayor cataclismo del siglo XX, ligado a la agresión de Alemania, y de la Rusia soviética, contra Polonia, declaró el jefe del gobierno polaco, Donald Tusk.

    El martes, una veintena de jefes de gobierno asistirán a la conmemoración de este aniversario a los pies de un monumento dedicado a los defensores de Westerplatte. Entre los invitados se encuentran la canciller alemana Angela Merkel y los primeros ministros ruso Vladimir Putin, francés François Fillon, italiano Silvio Berlusconi, ucraniana Yulia Timochenko y sueco Fredrik Reinfeld, también presidente en ejercicio de la Unión Europea (UE).

    La administración estadounidense estará representada por el ex secretario de Defensa William Perry y el consejero para la Seguridad Nacional, James Jones. El nivel poco elevado de la delegación estadounidense ha provocado comentarios amargos en Polonia. La presencia de Angela Merkel y Vladimir Putin es la que levanta más expectación, dado que las interpretaciones históricas de la guerra discrepan en los tres países.

    A medida que se acercaba la fecha del aniversario, los medios polacos se han hecho eco de un número de declaraciones de historiadores rusos que acusan a Polonia de haber pactado en los años 1930 con Hitler y que otorgan a Varsovia parte de la responsabilidad del desencadenamiento del conflicto. El Servicio ruso de Inteligencia Exterior (SVR) anunció la publicación próximamente de documentos inéditos sobre la política polaca entre 1935 y 1945, con, entre otros, planes secretos de Varsovia en vísperas de la guerra.

    Un proyecto de monumento en Berlín en homenaje a los desplazados en Europa tras 1945 levanta temores en Polonia de que se pongan en pie de igualdad los sufrimientos de las víctimas del nazismo y los de los alemanes expulsados de los países de Europa central después de la guerra. Varios millones de alemanas tuvieron que huir de los territorios atribuidos a Polonia por las potencias aliadas a cambio de los territorios orientales de los que se acaparó la URSS. Millones de polacos también fueron víctimas de estas modificaciones de fronteras.

    Tras haber logrado anexionar, sin un solo disparo, Austria en marzo en 1938 y luego los territorios del oeste de la entonces Checoslovaquia, Adolf Hitler exigió a Polonia un paso, el llamado corredor de Dantzig (Gdansk en polaco), entre Prusia Oriental y el resto de Alemania, una exigencia rechazada por Varsovia. El 1 de septiembre de 1939, sin declaración de guerra formal, el ejército alemán atacó Polonia. La Unión Soviética invadió el este de Polonia 17 días después, en virtud de una cláusula secreta del pacto germano-soviético del 23 de agosto de 1939.

    El recuerdo de la Segunda Guerra Mundial sigue especialmente vivo en Polonia. Entre 5,6 y 5,8 millones de ciudadanos polacos, entre los cuales unos 3 millones de judíos, murieron durante el conflicto, según los cálculos recientes de historiadores polacos.

    Si realmente fue horrible, tuve varios familiares que eran polacos y tuvieron que escapar,pero a diferencia de otros pudieron sobrevivir, pero miles de polacos fueron mascrados por los nazis y mas tarde por los comunistas, este fue el conflicto mas sangriento que por ahora se conoce. Espero que este sea el ultimo de todos.

    Ciudad del Vaticano. El papa Benedicto XVI evocó ayer los hechos que dieron inicio a la Segunda Guerra Mundial y pidió que el recuerdo de ese conflicto sirva para que no se repitan “tales barbaridades” y para intensificar los esfuerzos para construir la paz.

    Durante la ceremonia, Joseph Ratzinger definió dicho conflicto bélico como “uno de los más terribles de la historia”, y destacó el aporte que las religiones “pueden y deben dar en el perdón y la reconciliación contra la violencia, el racismo el totalitarismo y el extremismo que mancillan la imagen del Creador en el hombre”.

    El Papa dedicó unas palabras a “las numerosas personalidades y representantes de varias religiones” que participan estos días en Cracovia (Polonia) en el Congreso Internacional “Hombres y Religiones”. Allí se reunieron para rezar en favor de la paz, en coincidencia con el inicio de la Segunda Guerra Mundial, hace 70 años.

    “No podemos no recordar los dramáticos hechos que dieron comienzo a uno de los más terribles conflictos de la historia, que causó decenas de millones de muertos y que provocó tanto sufrimiento al amado pueblo polaco. Un conflicto que vio la tragedia del Holocausto y el exterminio de inocentes”, manifestó Benedicto XVI.

    Cuando escucho a Wagner siento deseos de invadir Polonia”, dijo un personaje entrañable de Woody Allen. De haber analizado a tiempo los métodos de estimulación emotiva con que el hitlerismo convertía en energía de alta agresividad hasta el impulsivo genio wagneriano, no habría sorprendido a Europa aquel septiembre de hace 70 años. Sobre todo de haber analizado el proceso de degeneración de teorías ántropogeográficas y el cientificismo ideológico que fermentaba en la excitación ultranacionalista.

    Pero quienes debieron realizar esos análisis no parecían gente muy lúcida. Chamberlain y Daladier habían firmado el pacto de Munich y en aquel mes, con las 53 divisiones del general Walter Von Brauchtisch cómodamente instaladas en Polonia y el acorazado Schlewig-Holstein custodiando el puerto de Dantzig, el gobierno francés anunciaba el conflicto en una frase con más pánico y derrotismo que determinación intimidante: “Resulta extremadamente dudoso, y es lo menos que puede decirse, que Francia y Gran Bretaña puedan ganar la guerra contra Alemania. Sin embargo, hay que combatir porque nuestra suerte será peor si dejamos destruir Polonia”.

    En la historia no debe haber ningún antecedente de declaración de guerra con palabras tan temblorosas y resignadas como esas que dijo el diplomático galo Alexis Saint-Léger. Tampoco había sido lúcido el funcionario comisionado por la Sociedad de Naciones para el caso Dantzig. Afirmó que “el corredor polaco no corre peligro alguno” el día anterior de que Hitler pusiera en marcha su “Fall Weiss” (Plan Blanco) con la complicidad soviética acordada en Brest-Litovsk.

    Muchos usaron la palabra “blitzkrieg” para autodisculparse tanta negligencia. Si se trató de una “guerra relámpago” no se podía estar preparado para ella, sostenía el burdo razonamiento. Pero la cuestión no era predecir el día y la hora del zarpazo que detonó la Segunda Guerra Mundial; sino dilucidar la inexorable consecuencia del trayecto teórico que Alemania había emprendido en los terrenos de la geografía, la historia y la etnología.

    Se puede predecir una guerra contando los tanques que acumula un país, pero también prestando atención al discurso dominante. En la cultura, el romanticismo alemán había degenerado en la “völkisch”, un populismo folklórico de alto impacto emocional, mientras los teorizadores de la ideología empezaban a manipular ciencias para convertirlas en herramientas de adoctrinamiento y dominación.

    Eso era lo que había que advertir. La afirmación en Mein Kampf del “derecho moral” de Alemania a “adquirir territorios para el crecimiento de la población” habría sido entendida antes de que Hitler la escribiera. Al fin de cuentas, era la desembocadura del trayecto que los teóricos nacionalistas emprendieron a partir de Friedrich Ratzel.

    El lúcido geógrafo del siglo XIX, que había recorrido el mundo como cronista del Kölnische Zeitung, reparó en el paisaje humano, social y político que presentaba cada espacio territorial. Por eso sus dos grandes obras revelan la intención desde los títulos: “Geografía Política” y “Ántropogeografía”.

    Ratzel hizo que los títulos de sus libros se convirtieran en disciplinas científicas. Sus postulados positivistas y evolucionistas sentaron las bases del determinismo geográfico que tiene en Carl Ritter al otro gran representante. Ese determinismo fue, precisamente, la bacteria infecciosa que el gran geógrafo alemán no supo medir en sus consecuencias.

    Su teoría del “lebensraum”, espacio vital, implica una afirmación tan determinista como la que construyó Marx con la dialéctica de Hegel. A partir de Ratzel, era posible afirmar que la historia de la humanidad no es otra cosa que la historia de la lucha por el control del lebensraum, el lugar y la dimensión indispensables para la vida.

    En ese camino era inevitable un siguiente paso, y lo dio el geógrafo y politólogo sueco Johan Rudolf Kjellen. Este profesor de Uppsala y Gotemburgo, sumando a las influencias recibidas de Ritter y Ratzel la de Von Humboldt, creó la “geopolítica”, disciplina que se convirtió en arma de grueso calibre en las manos de Karl Haushhofer.

    Ese geógrafo y militar dio los toques que faltaban para que alcanzara su plenitud la concepción biológica aplicada al Estado, considerándolo un ser vivo que, como tal, nace y crece. Ese imprescindible crecimiento de todo ser viviente es la doctrina expansionista que, incorporando las teorías raciales de Rosemberg, va a concluir en que todo territorio donde haya población germana es Alemania.

    Desde esa idea Hitler reclamó los Sudetes checoslovacos que, en forma negligente e impropia, Chamberlain y Daladier le concedieron. Y fue también el argumento por el cual, la Wehrmacht y la Luftwaffe deglutieron Polonia hace exactamente 70 años.

    Esas teorías hablaban por si mismas, y lo anunciaban todo con muchos años de anticipación. No hacía falta que el partido nazi proclamara como lema “ein volk, ein reich, ein führer”. La degeneración científica dejaba en claro la convicción absoluta de que un único líder y un único imperio debían regir sobre un único pueblo.

    En todo caso, si quedaban dudas, estaba el discurso hitleriano para despejarlas. Ninguna mente abierta que lo analizara podía no arribar a premoniciones funestas. Lo explica el lingüista alemán Victor Klemperer, reflexionando sobre lo que llama “la hipocresía afectiva” de las ideologías totalitarias. En su libro “La Lengua del III Reich”, señala “la hipocresía afectiva del nazismo” y el “pecado mortal de la mentira consciente que arrastra al campo de los sentimientos”.

    La suma de discurso más cientificismo daba un resultado inequívoco. Haberlo tenido en cuenta quizá no hubiera evitado el estallido de la Segunda Guerra Mundial, pero al menos las fuerzas del general Walter von Brauchtisch no habrían tomado por sorpresa a Europa y aplastado con tanta facilidad a las escuálidas divisiones de infantería y de artillería que comandaba el mariscal polaco Rydz-Smigly.

    Más curioso es que la historia se haya repetido tantas veces y en tantos rincones del planeta, tomando siempre por sorpresa a un mundo que insiste en no leer los discursos y movimientos científicos y culturales. O lo hace arteramente para justificar doctrinas de alta peligrosidad, como la de la guerra preventiva.

    Salvando la sideral diferencia con el caso nazi, hoy ocurre en América Latina, donde Hugo Chávez vocifera sin que reaccione ningún gobierno una interpretación histórica, social y política que, si bien no justifica expansionismo territorial, promueve un expansionismo político, y justifica injerencia en los asuntos internos de países vecinos.

    Por ejemplo, cuando exhorta a los colombianos a levantarse contra la “oligarquía burguesa” que “impide la Gran Colombia bolivariana” para “servir al imperialismo”, debiera encontrar otra reacción en el área. Obviamente, no la aberrante doctrina de la guerra preventiva, pero sí reproches fuertes y a coro. Sobre todo teniendo en cuenta que al historicismo chavista lo acompaña el discurso “afectivo” y cargado de “sentimentalismo” que Klemperer descubre en la lengua de todos los totalitarios.

    Las reacciones tardías ante el uso peligroso de la teoría y la palabra, obviamente, nunca evitan los estropicios de los liderazgos ideologizados. Si la prensa norteamericana y la oposición demócrata hubieran reaccionado a tiempo ante los delirios místicos de Bush y las teorías mesiánicas del equipo de extremistas conducido por Dick Cheney, se habría ahorrado mucha destrucción, muerte y sufrimiento.

    La luz de alarma debe encenderse frente a los historicismos, las teorías deterministas y también la manipulación artística de las emociones. Bien lo sabe el entrañable personaje que cuando escucha a Wagner siente deseos de invadir Polonia.






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