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    Descripcion:
    Como ya todos deben saber, ULTRAMETRÓPOLIS fue la novela que ganó nuestra encuesta navideña 2011. Esta es una novela de Ciencia Ficción, perteneciente a la colección Espacio, El Mundo Futuro, de la editorial Toray. Publicada en 1958 con el número 83.

    La sonda ultrasónica lanzó sus invisibles tentáculos a través de la densa masa de nubes, tornando, a trescientos metros por segundo, para hacer que se moviesen las agujas del altímetro automático.

    Al mismo tiempo, el radar horadaba la estructura del invisible suelo y, conectado directamente con el piloto automático, impulsaba a la nave, dentro de la órbita que había logrado establecer ésta, impidiendo que pudiese chocar con los altos e invisibles picos de las montañas.

    En el cuadro de instrumentos se habían apagado las luces de los cohetes laterales 3 y 6; ahora, con mano enérgica, Gardner oprimió los botones que hicieron cesar el funcionamiento de los restantes, dejando al aparato al solo impulso de la aceleración lograda y, ya dentro de la atmósfera del planeta, entraron en juego las disposiciones aerodinámicas, empezando el planeo, suave, sosegado, con una paulatina y precisa disminución de la altitud.

    Tres metros detrás de Patrick Gardner, Thomas, ante los tableros de radar y las sondas sónicas, había ya elegido, en la vuelta 25, una extensión llana y apta para el aterrizaje. Por eso Cowler, el muchachote que le daba la espalda, hacía trabajar el cerebro electrónico que iba a proporcionarle la curva matemática que terminaría, exactamente, mil cuatrocientos metros antes del lugar elegido para que la espacionave se posase; a partir de aquel kilómetro y pico, la nave pasaría al mando del aterrizador, que la posaría sobre el suelo venusiano.

    En aquellos diez años de viaje, nada habían descubierto en los planetas y satélites que habían visitado: formas elementales de vida, de las que habían capturado algunos ejemplares, ahora encerrados en los archivos.

    Les había dolido no realizar descubrimientos fundamentales y les amargaba la idea de regresar a la Tierra para manifestar que, de acuerdo con las teorías de muchos astrónomos, la vida existía apenas en la cadena de mundos que iban del Sol hasta Júpiter, incluyendo éste.

    El Audaz había visitado el planeta gigante, había pasado tres años recorriendo la desértica superficie de Marte, sobrevoló la zona ardiente de Mercurio y se posó en la noche helada del otro lado del planeta, donde la luz no ha llegado jamás.

    Gardner siguió examinando la masa de nubes que envolvía misteriosamente el planeta. La nubosidad era tal que, después de haber descendido hasta cerca de cinco mil metros, aún no se veía nada de la superficie de aquel mundo, que tan celosamente parecía guardado.

    Los higrómetros de a bordo marcaban una humedad creciente y los dispositivos anti-bruma no hacían más que lanzar chorros de sales metálicas, en estado micelar, que, al agrupar el agua en exceso, dejaban una amplia zona despejada ante la nave.

    Lo que pasa dijo Thomas, separando su mirada de los tableros de radar es que habíamos leído demasiada literatura de anticipación, Yo, por mi parte, estaba seguro de encontrar toda clase de criaturas, muchas civilizaciones y un montón de ciudades fantásticas...

    Qué quieres encontrar allí? Has olvidado el lado opuesto al Sol, en la visita que hicimos a Mercurio? Hielo, hielo; hielo y desolación! Eso es lo que hallarías en Urano, en Neptuno, en Saturno... Y no digamos en Plutón!

    Luego, de repente, el Audaz se inclinó ligeramente hacia la popa, levantando el morro y sacando el triple tren de aterrizaje. Momentos más tarde, la nave se posaba sobre el suelo, corriendo sobre él, al tiempo que los cohetes-frenos silbaban rabiosamente, terminando por inmovilizarla por completo.

    Se soltaron los cinturones, estirándose glotonamente. Sólo Gardner, que también se había levantado, estaba junto al plexi de proa, echando una ojeada a todo lo que le era posible ver.

    Entre tanto, los otros se estaban poniendo los astro-equipos, deseando salir al exterior, aunque no fuese más que por estirar un poco las piernas. Llevaban adaptados a sus curiosos trajes un par de esferas en la espalda, entre las que pasaban los tubos de oxígeno, destinadas a establecer, en cualquier ambiente, una gravedad igual a la de la Tierra, de un valor de g, aproximadamente igual a la unidad.

    Sí. Todos nosotros estamos deseando volver. Cuando salimos de la Tierra, ninguno de nosotros había cumplido veinte años. No os habéis mirado al espejo en todo este tiempo? Tengo las sienes llenas de canas!

    Ya es hora de volver. Hay muchos jóvenes que están deseando salir de viaje. Hemos de dar a los muchachos su oportunidad. Con todos los datos que hemos obtenido, tendrán muchas más facilidades que nosotros.

    Desaparecieron al pasar a una de las cámaras intermedias. Desde donde estaba Patrick oyó el rumor de los motores que abrían las esclusas, dejando que la espantosa humedad de Venus penetrase en la cámara intermedia; luego, un par de minutos más tarde, oyó el clic que le anunció que la puerta exterior se había cerrado.

    Se los tragó la nubosidad y Gardner retrocedió, hasta sentarse ante el cerebro electrónico. Con un gesto mecánico, empezó a teclear los datos que necesitaba para calcular la velocidad de escape y la órbita de salida del Audaz.

    Con toda seguridad, aprovecharía las vacaciones que le concederían los directivos de la Astro and Co. para escribir un libro sobre aquel viaje, ya que, a pesar de que no habían hallado lo que esperaban, poseían datos, recogidos en todos los planetas visitados, de gran interés y que iban a hacer posible el desarrollo de los viajes y la colonización de los astros del Sistema.

    No tardaremos mucho. James ha descubierto un pequeño valle, aquí, a mi izquierda y vamos a explorarlo someramente. El pobre James pasea la nariz por el suelo, deseando encontrar huellas de animales grandes. Sabes a quién me recuerda?

    Pensaba en el estupendo carácter de Thomas, el único de la expedición que había dejado en la Tierra una mujer y un pequeño. Sin embargo, era el más jovial, el más despreocupado y el último en fruncir el ceño cuando la nostalgia destrozaba la moral de sus compañeros.

    Después de leer las respuestas que la máquina acababa de darle, Gardner pasó a la cámara de los cohetes y repasó detalladamente el estado de las cargas y la tensión atómica de los reactores. La pila atómica, al final de la galería que conducía casi hacia las toberas, reclamó su atención durante largo rato.

    En el aterrizaje en Mercurio, la astronave había chocado violentamente, de cola, con una masa de hielo y Gardner se había visto obligado a cerrar, con una mezcla ad hoc, una amplia fisura que se había abierto en el blindaje de la pila.

    Examinó detalladamente el estado de la soldadura, sonriendo complacido, ya que todo estaba bien y las vibraciones no habían movido ni una molécula de la pasta que se extendía desde uno a otro de los bordes de la fisura, que se dibujaban aún perfectamente.

    Encendió un cigarrillo, aprovechando el tiempo para echar una ojeada a las cámaras de alimentos, a los almacenes y a los archivos, en los que había metido todos los ejemplares de la fauna y flora que habían hallado en los mundos visitados.

    Examinó los extraños caracoles que habían encontrado en Júpiter donde, influidos por los datos colosales de los escritores de novelas de fantasía, esperaban encontrar tremendas criaturas, como las que habían poblado la Tierra en los albores de su historia...

    La bruma se arrastraba sobre el suelo, deshaciéndose, en la parte inferior, en largos jirones que quedaban atrapados a objetos que no podía distinguir nítidamente desde lo alto de la torreta.

    Estaba dispuesto a llamar a sus amigos, pero, siempre luchando contra la creciente angustia que le invadía, se dijo que estaba dejándose llevar por un estado de nervios que haría que Thomas lanzase una de sus clásicas carcajadas.

    Sonrió, venciendo al fin la opresión que sentía. Y, con un nuevo estado de ánimo, terminó de preparar los datos de la salida de Venus. Deseaba ardientemente alejarse de allí e ir acercándose a la Tierra, a cuya vista se sentiría completamente tranquilo...

    En realidad, debían de haberse quedado mucho más tiempo en Venus, si calculaban todos los años que habían permanecido explorando los otros dos planetas; pero lo poco que hallaron era ya algo que les impelía a terminar su viaje cuanto antes.

    No; no vengas! y con un tono de voz, burlón, que hizo que las lágrimas asomasen a los ojos de Gardner. No me gustaría que me vieses... sin manos ni pies. En cuanto acaben con los otros, vendrán a ayudar a los que, por el momento, me están tomando como aperitivo...

    Sí, Patrick vio que, de por entre los intersticios de las costuras electrónicas, que aquellos seres habían perforado, salían, por cientos, por miles, por cientos de miles, los horrendos gusanos que, después de su alucinante banquete, tenían un grosor doble del que había dicho el pobre Thomas.

    A medida que el globo terrestre aumentaba de tamaño, los ojos enrojecidos de Patrick se abrían un poco más, como si desease ir adivinando, más que viendo, los detalles de aquel mundo amado, en el que se posaría horas después.

    Las dos veces que lo había hecho, al despertarse bruscamente de aquella especie de sopor que se había apoderado de él -llevaba cuarenta y ocho horas sentado en el sillón-, se estremeció, no pudiendo evitar que los sollozos le sacudiesen con un hipo espasmódico y hasta doloroso, que le había dejado una punzada en medio del pecho.

    Por eso, despreciando la exactitud de los aparatos que tenía a la espalda, se había empeñado en guiar la astronave sin recurrir a ellos, con tal de no tomar asiento en los sillones de los otros.

    Entornando los ojos, recordó la alegre fiesta de la despedida, que se había celebrado en un céntrico hotel londinense. Allí había conocido a los padres de Cowler, aquellos dos viejecitos sonrientes y amables, cuyas manos temblaban y cuyas húmedas miradas no se separaban del rostro enérgico y simpático de su hijo.

    Allí conoció a los jóvenes padres de James y a sus bulliciosos hermanitos, que no hacían más que preguntar a troche y moche por todo lo que pensaban encontrar en el viaje, reclamando recuerdos, que iban desde una piedra de Mercurio hasta un unicornio de los desiertos de Marte.

    Ya tendría tiempo después, mucho después, de enfrentarse con la realidad de tener que ver aquellas miradas ansiosas, de escuchar las preguntas, de leer en los rostros la expresión de una incredulidad a la que se aferraban locamente las últimas esperanzas.

    La Tierra ocupaba ya la totalidad del horizonte visible. Había dejado atrás la Luna, donde fracasaron todas las intentonas de crear una base soñada por muchos países y el Audaz se precipitaba ya hacia el planeta, empezando a inclinarse para adaptarse a la órbita de llegada.

    Se imaginó sin dificultad lo que los hombres de otras épocas habían pasado y experimentado: la sensación maravillosa de volver a ver, después de una larga ausencia, su pueblo o ciudad natal, la frontera de su amado país. Para los astronautas, el concepto estrecho del patrioterismo había desaparecido, y la Tierra entera, el. hermoso planeta, era como una inmensa patria que se anunciaba gloriosamente desde la negrura densa del espacio.

    Patrick se vio obligado a abandonar su sillón, era la primera vez que lo hacía desde que abandonó Venus, tomando asiento ante los servo-mecanismos que iban a tomar el mando para hacer posible el aterrizaje.

    Gardner se había fijado en que Londres estaba en la zona oscura de la Tierra, lo que quería decir que iba a hacer un aterrizaje nocturno. En otras circunstancias, si ellos, sus camaradas, hubieran estado a su lado, habrían esperado la luz del día y hubiesen lanzado mensaje tras mensaje para que el recibimiento -que merecían, sin ningún género de dudas- fuese lo que tanto hablan soñado juntos.

    Pero ahora, al regresar sin los otros, en una soledad que nadie podría imaginar, Patrick estaba contento de que la noche cayese sobre Inglaterra, lo que le facilitaba un aterrizaje anónimo, con una reducida y formulista recepción, seguida de muchas horas de sueño, que era lo que necesitaba ardientemente.

    Intentaba, esforzándose locamente en lograrlo, olvidarlo todo, poder centrar su imaginación en algo nimio, fútil, intrascendente, que le alejase de la insoportable tensión moral que había soportado durante todo el viaje de regreso.

    Él era el único de todos sus amigos que había estado solo en la célebre fiesta de despedida. Huérfano de padre y madre, había sido recogido, muy joven, por un tío inmensamente rico, pero que se preocupó muy poco del lado sentimental de su vida, limitándose a pagar sus costosos estudios en la Universidad de Astronáutica londinense.

    Cuando su tío murió, Gardner lo había sentido dentro de los límites que le permitían lo poco que lo conocía, ya que fuera de las grandes ocasiones jamás había pasado más de veinticuatro horas a su lado.

    Quizás había sido aquella soledad la que le había curtido de tal manera; pero, en el fondo, tratando el asunto con lealtad, Patrick había llegado a envidiar a todos los que podían encontrar unos brazos donde cobijarse en esos momentos en los que un hombre, por muy endurecido que sea, no tiene más remedio que solicitar la limosna de una palabra cariñosa para seguir viendo la vida como algo aceptable.

    Desde el principio le extrañó la falta de llamadas en la radio; luego, cuando los trenes de aterrizaje chocaron violentamente contra la pista, experimentó una sensación que agudizaba su extrañeza, ya que la astronave botaba de una manera inaudita, como si la pista estuviese llena de baches.

    Fue entonces cuando el brutal choque se produjo. Patrick no llegó hasta su sillón. Una invisible mano, con una violencia extraordinaria, lo tiró hacia un lado, haciendo que su cabeza golpease contra el reborde de una de las pantallas de radar.

    Si tardó cerca de diez minutos en cubrir la distancia de tres metros que le separaba de su sillón, en el morro de la astronave, mucho más tardó en ordenar las dispersas y confusas ideas que, como jirones, flotaban sobre su mente completamente vacía.

    Luego, al dejarse caer sobre el sillón, y cuando, tras ímprobos esfuerzos, logró encender un cigarrillo, empezó a coordinar, extrañándose de que nadie hubiese acudido en su auxilio. Normalmente, media docena de ambulancias y coches de bomberos debían rodear la astronave y a aquellas horas habrían perforado alguna de sus puertas, penetrando en el interior en busca de los supervivientes.

    Aquel pensamiento hubiese sido absurdo normalmente; pero, debido a su lamentable estado de ánimo, era bastante posible que hubiese equivocado los datos orbitales que había proporcionado al cerebro electrónico para que entrasen en marcha los mecanismos automáticos de aterrizaje.

    No le preocupaba excesivamente aquello. Iría hasta Londres utilizando cualquier medio de locomoción, rogando a la policía local que guardase la astronave hasta que el Gobierno enviase a los técnicos para trasladarla a la capital del Reino Unido.

    El tiempo que había permanecido sin sentido le había arrancado el sopor y hasta el cansancio, despabilándose por completo. Probó la puerta y vio que podía abrirse fácilmente. Hasta estuvo tentado de abandonar el Audaz para ir en busca de ayuda.

    Sentado en el sillón de Thomas, se había quedado casi dormido y la luz del alba lo despertó; incorporándose velozmente para echar una primera ojeada al exterior desde el plexi de la cabina.

    Venció la desagradable sensación que todo aquello le causó, llegando a la conclusión lógica de que el espaciódromo debía de haber sido abandonado y que, en los diez años que faltaba de Inglaterra, debían de haberse construido otras pistas mucho más modernas y espaciosas.

    La memoria de mi cerebro electrónico se dijo no poseía más datos de referencia que los del espaciódromo antiguo. Si me hubiese comunicado antes con Londres, me hubiesen pasado las coordenadas de los nuevos campos de aterrizaje.

    Después de cambiarse de ropa con uno de los trajes que no se había vuelto a poner desde hacía una década, se miró en el espejo de la cabina general, pensando divertido en la cara que pondrían los hombres y las mujeres al verle pasar por las calles. Ya que, evidentemente, la moda debía de haber cambiado en aquellos últimos tiempos.

    Una vez fuera del recinto empezó a andar por la antigua autopista, seguro de que en el primer cruce hallaría algún coche que le llevase hasta la ciudad. Le desalentaba aquella soledad, aquel abandono que parecía reinar por doquier. Pero se calmó al imaginar que los nuevos espaciódromos debían de ser maravillosos y que iba a encontrar muchas cosas sorprendentes en la Tierra después de diez años de ausencia.

    Era la única respuesta lógica al aspecto general de las cosas. Y, por lo que veía, la guerra debía de haber sido decididamente perdida por Inglaterra, ya que el estado de las cosas no podía ser más lamentable.

    La sola posibilidad de verse obligado a dar sus informes a una extraña potencia vencedora le llenó el alma de hielo. Tanto le dañó aquella idea que estuvo a punto de regresar a la astronave y destruirla por completo.

    La niebla matinal caía, en aquel amanecer turbio, sobre las cosas, recordándole la espantosa bruma de Venus. Rehaciéndose, no obstante y logrando alejar los recuerdos que tanto mal le causaban, empezó a caminar hacia la casa, seguro de que iba a lograr la respuesta a todas las preguntas que le acosaban.

    Poco después, cuando, tras recorrer el interior de la casa, llegó a la conclusión de que no había ningún ser humano allí, se sintió nuevamente oprimido, preguntándose con una angustia creciente lo que podía haber originado todo aquello.

    Al hallar un viejo coche en el garaje se sintió nuevamente dispuesto y no tardó, después de poner gasolina en el depósito, en darse cuenta de que aquel cacharro le iba a ser de una utilidad indudable.

    Quizá dijo, dirigiéndose al perro, con tal de poder hablar con alguien no encontremos mucha comida en un país que ha sufrido como el nuestro. No hay más que verte las costillas, amiguito, para imaginar lo que podemos ver en Londres...

    Descargó gran parte de lo que quedaba en los depósitos y dio de comer al animalito, que se hartó materialmente, gruñendo de satisfacción. Mientras, el hombre acondicionó lo mejor que pudo las cosas en el coche y se puso de nuevo en marcha.

    La niebla seguía obstinadamente pegada al suelo. El vehículo, una verdadera antigualla, no pasaba de las cuarenta millas y Patrick se consumió de impaciencia, ya que deseaba encontrarse con seres humanos y enterarse de lo que había ocurrido.

    En contra de lo que esperaba no halló en parte alguna muestras de la violencia de un bombardeo, ya que ninguna casa presentaba desperfectos a no ser los manchones negros que parecían ser la tónica general.

    No se atrevió, no obstante, a detener el coche hasta hallarse en pleno centro, cuando empezó a ver los viejos autobuses londinenses mostrando sus chatarras ennegrecidas, pues en su gran mayoría habían ardido como teas.

    Horas más tarde, cuando hubo recorrido la totalidad de la urbe, volvió hacia Trafalgar Square y se detuvo junto a la fuente central, pues el vehículo despedía una nube de vapor por el tubo del radiador.

    Cuando, al entrar en la ciudad, se había dado cuenta de la desolación que reinaba en ella, llegó a pensar en la posibilidad de una epidemia de peste; pero la completa ausencia de cadáveres parecía demostrar la imposibilidad de aquella hipótesis.

    Su primer impulso fue el de poner el coche en marcha y alejarse lo más rápidamente de aquellos insanos lugares; pero un gruñido del perro le hizo pensar en la posibilidad de usar al animal para encontrar, fuese como fuese, al individuo que tan cobardemente le había atacado.

    Le habían lanzado una piedra, magistralmente dirigida contra el parabrisas. Aquel proyectil demostraba que el atacante no estaba armado, ya que, de poseer una pistola o un rifle, lo hubiese utilizado, logrando un resultado más efectivo.

    El perro avanzaba decidido, sin dejar de ladrar, y le sacó alguna ventaja. Sin embargo, Patrick se guiaba fácilmente por los ladridos. Repentinamente, al llegar a una callejuela sin salida, encontró al perro parado ante una puerta entornada, gruñendo sordamente.

    La casa, como todas, tenía la fachada manchada y ennegrecida; el resto no ofrecía anormalidad alguna. Pero, al penetrar en ella, detrás del animal, Gardner vio que lo carbonizado ocupaba la totalidad de las habitaciones; muchos de cuyos objetos estaban reducidos a cenizas.

    Transido de pena, Gardner no reaccionó hasta después de que hubieron pasado unos minutos; después, encontrando todo aquello de una comicidad extraordinaria, rió como no lo había hecho desde mucho tiempo.

    Era rubio, pero estaba tan sucio que sus cabellos, llenos de polvo, ofrecían un lamentable estado. También el rostro y las manos ofrecían las huellas que demostraban una ausencia total de contacto con el agua y el jabón. En cuanto a las ropas que. cubrían el cuerpo del niño, no eran ya más que destrozados harapos.

    Iba a preguntarle muchas cosas cuando pensó que aquel pobre niño debía de encontrarse aproximadamente en el mismo estado que el perrito. Éste, después de haber dejado de gruñir -lo hizo en cuanto se abrió la puerta del armarlo donde se ocultaba el muchacho-, se frotaba contra las delgadas piernas del niño, moviendo la cola, lleno de satisfacción.

    Tuvo que esperar a que el pequeño engullera glotonamente cuanto le dio, maravillándose de la manera voraz de comer que tenía el niño. Después, al aparecer un ligero sonrosado en las mejillas del pequeño, una sonrisa deshizo la mueca de dolor y de miedo que había afeado hasta entonces el juvenil rostro.

    Mis padres no se fueron. Yo estaba arriba, en el baño, esperando que mamá subiese a secarme. Papá y mamá salieron a la calle, porque ocurría algo y la gente gritaba. Un poco más tarde oí que mamá gritaba también y salí de la bañera...

    Me puse el albornoz y las zapatillas y bajé corriendo, llamando a mamá; pero nadie me contestó. Luego, al llegar a la parte baja. de la escalera, el humo y las llamas me cortaron el paso... Volví a subir, me vestí y lloré mucho...

    Yo salía a escondidas. La ciudad estaba casi vacía. Poca gente circulaba por las calles y todos estaban aterrorizados. Un día que yo había subido a una azotea para coger una bandera inglesa que me gustaba mucho, los vi llegar...

    La niebla les envolvía aún y Gardner, después de comer junto al perro, meditó profundamente en cuanto le había contado el muchacho. La idea de una guerra mundial había cedido ante una nueva hipótesis que parecía explicar mucho más satisfactoriamente lo ocurrido.

    Debe de tratarse pensó de una invasión procedente del espacio exterior; pero de dónde? Él, junto con sus desaparecidos compañeros, había recorrido gran parte del Sistema Solar y, por lo que habían observado, era más que seguro que la vida en los planetas más allá de Júpiter no existiese más que en forma elemental e incipiente.

    El haber vencido a los hombres de aquella manera, el haber destruido la vida en una ciudad como Londres -y era seguro que igual habría ocurrido en el resto del mundo- significaba una potencia y una organización verdaderamente fantásticas.

    Aquella inmensa mole plateada se levantaba hasta el cielo, con una arrogancia tremenda. Ni aun cuando visitó los Estados Unidos había visto el joven rascacielos tan altos como aquellos que, desafiando toda ley física, se levantaban hasta perderse entre las nubes.

    No quiso decir la verdad; en realidad, deseaba que el niño no pasase hambre si a él le ocurría algo; aunque, ciertamente, el futuro de aquella pobre criatura, si a él le acontecía algo desagradable, no sería en modo alguno halagüeño.

    A veces los árboles le ocultaban en parte los altísimos rascacielos; pero, generalmente, la silueta de la ciudad era visible desde todas partes, demostrando su grandiosidad, que daba frío y pavor.

    Un par de millas antes de llegar a la ciudad detuvo el coche y lo escondió en una pequeña bifurcación del camino; después, aprovechando una doble hilera de árboles que bordeaban el camino, avanzó protegido por las sombras y experimentando una emoción creciente.

    El camino se detenía aproximadamente a un centenar de metros de la ciudad. Al lanzar desde allí la primera ojeada. Gardner vio que la ciudad estaba rodeada de altísimas murallas, sin que en ellas se viese nada semejante a una ventana: eran lisas completamente, haciendo imposible todo intento de escalarlas.

    La sombra de los edificios se extendía sobre kilómetros de terreno y el joven hubo de hacer un esfuerzo tremendo para mirar a la cúpula del más alto de ellos, acabando con un insoportable dolor de cuello.

    Se decidió, finalmente, a marchar un poco, eligiendo el lado este y empezando a bordear con cuidado y precaución la linde de un bosque de árboles de densas ramas, tras los que podía observar detenidamente la fantástica ciudad.

    Aquella puerta formidable le recordó una película que había visto muchos años antes, en la que aparecía algo semejante a lo que veía ahora. Las hojas de la puerta eran desmesuradas y parecían haber sido hechas para permitir el paso a descomunales gigantes.

    Al situarse frente a ella, Gardner se percató de que estaba abierta y de que, en aquel momento, salían unos curiosos y modernos vehículos... QUE IBAN TRIPULADOS Y OCUPADOS EXCLUSIVAMENTE POR ROBOTS!

    Después de la salida de los vehículos, en todo semejantes a los últimos modelos de camiones a propulsión atómica, que Gardner conocía, surgieron de las entrañas de la ciudad una especie de tanques, de largos y prolongados cañones que se movían suavemente al ritmo de la marcha.

    He de entrar en esa ciudad se dijo. Tengo que conocer a los hombres o a los seres que dirigen este formidable asalto a mi planeta. Porque no hay duda alguna que alguien ha hecho a esos hombres-máquinas y que ese alguien los dirige contra los humanos...

    Gardner había estudiado en sus jóvenes años de Electrónica un curso entero de Robótica y no había olvidado ciertos conceptos; por ejemplo: un robot debe percibir una presencia extraña, aunque esté oculta, gracias a sus mecanismos de micro-ondas. Aquellos que habían salido de la ciudad, sin embargo, no habían sentido su presencia, lo que quería decir que sus creadores, seguros de haber hecho desaparecer a todos los seres humanos de Inglaterra, habían desposeído a los robots de sus mecanismos de ultrapercepción!

    Peter le necesitaba como jamás un niño había necesitado la compañía de un ser humano. Lo mismo le ocurría a Kummy, quien había hallado la felicidad al ser descubierto en la granja abandonada.

    Cuatro robots, indudablemente guiados por los ladridos de Kummy, que se había asustado al verlos, se dirigían directamente hacia el perro que, percatándose del peligro, retrocedía hacia el lugar donde estaba escondido el niño.

    Gardner estuvo a punto de hacer fuego, pero desconociendo la estructura de los hombres mecánicos, pensó que la destrucción de uno de ellos podía desencadenar la aparición masiva de un verdadero ejército de ellos, agravando las cosas.

    Le tranquilizó el ver que ninguno de los hombres mecánicos iba armado, y cuando Peter salió valientemente, empuñando la pistola, se sintió al mismo tiempo orgulloso del niño y temeroso de que algo le ocurriese.

    Uno de los robots, que el niño no había visto y que había oblicuado hacia su derecha, permaneciendo fuera de su campo visual, se abalanzó sobre el niño, apoderándose de él antes de que pudiese disparar.

    Kummy, después de darse cuenta de la inutilidad de sus ladridos, los siguió, manteniéndose con prudencia a cierta distancia, ya que los hombres-mecánicos no le inspiraban confianza alguna.

    Naturalmente, Gardner los siguió igualmente, más preocupado por el olfato del perrito que por las limitadas ondas receptoras de los robots. Se imaginó lo que hubiese sido si los hombres-mecánicos no hubieran estado desprovistos del sistema de percepción que sus creadores les dotaron para la destrucción de la población humana de Inglaterra.

    También se preguntó, mientras seguía al extraño grupo, por qué no habían intervenido las otras naciones civilizadas del mundo, ya que era completamente imposible que no supiesen a aquellas alturas lo que había ocurrido al Reino Unido.

    Lo difícil de su decisión de entrar le apareció en cuanto se dio cuenta de que Kummy podía verle; pero cuando observó que las puertas estaban abiertas de par en par corrió hacia la muralla, procurando no ser visto ni oído por el perro, de manera a poder entrar en el recinto antes de que cerrasen la puerta.

    Justamente otra columna de robots-soldados salía de la ciudad y pudo entrar, pegado a una de las paredes, sin ser visto y dejando que el grupo al que seguía le tomase la suficiente delantera para que Kummy no le viese.

    Debido a la salida de unos nuevos vehículos, armados de larguísimos cañones y que eran mucho más grandes que todos los tanques que Patrick vio en su vida, hubo de esconderse en una especie de hueco del muro de entrada para no ser aplastado por aquellos colosos, que avanzaban rugiendo salvajemente.

    La caravana militar era muchísimo más importante que la que él había visto aquella mañana. Y como casi había caído la noche, unos tremendos focos, procedentes de los rascacielos vecinos, lanzaban su luz azul, iluminando la marcha con una intensidad lumínica que no tenía nada que envidiar a la del mismo Sol.

    El ruido de los carros de combate era tan intenso que cuando pasó el último, alejándose rápidamente, Gardner no dejó de oírlos en un buen rato. Le silbaban los oídos y tuvo que permanecer medio atontado mientras las puertas se cerraban silenciosamente a su espalda.

    Por un momento, mientras penetraba en la ciudad, pensó en que mejor hubiera sido no hacer caso a Thomas y salir de la astronave, marchando hacia sus amigos, para morir en Venus, devorado por aquellos repugnantes gusanos.

    Desde su escondrijo vio a un grupo de robots que bajaban por las escaleras. La cosa no tenía mayor importancia, ya que pudo comprobar que los hombres-metálicos, al igual que todos los que había visto hasta entonces, no estaban dotados de mecanismos sensibles a la persona humana, si ésta estaba oculta.

    Podían, eso si, ver a un hombre, como veían todos los objetos, con las células foto-sensibles que les servían de ojos, pero eran incapaces de presentir una presencia oculta.

    Grandemente interesado, comprobó, al paso de los otros, que la luz surgía en los escalones número cuatro, es decir, que uno de cada cuatro escalones era sensible al paso de lo que fuere.

    Merced a aquel curioso procedimiento, alguien conocía en todo momento la circulación de robots por la ciudad, debido a que los escalones iban marcando el camino seguido por todos los hombres-mecánicos.

    Pero, al pensar en toda la cantidad de señales secretas que podían existir allí, se sintió como un pequeño ratón que hubiese cometido la loca imprudencia de meterse en una habitación donde se reunían dos mil gatos.

    De todas formasse dijo, consciente del triunfo al que le había llevado su observación, podré subir o bajar las escaleras sin que nadie se percate de ello. Esto es ya una pequeña victoria.

    Cuando los robots desaparecieron por una de las galerías adyacentes, el joven empezó a subir, poniendo especial cuidado en no pisar en aquellos escalones que eran sensibles al peso. Así, avanzando poco a poco, llegó hasta lo que era un enorme pasillo, iluminado tan intensamente como el resto de lo que hasta entonces había visitado.

    No tardó mucho en asomarse, cuidadosamente, por una de las puertas laterales. Desde allí una larga escalera conducía hasta una sala de dimensiones colosales, donde -era imposible contar!- debía de haber aproximadamente cerca de dos mil robots.

    Un poco más allá, otra puerta, con una escalera idéntica, le mostró una nueva sala, en la que otros tantos robots, quizá más, construían los colosales autos-blindados que había visto salir hacía un rato.

    Ahora podía comprender cómo habían podido destrozar un país como Inglaterra, reduciéndolo a la nada, dejando a Londres vacío de habitantes, como una ciudad más muerta que las criaturas que habían vivido en ella.

    Un nuevo rumor de pasos le aterrorizó. Mirando a izquierda y derecha en busca de un escondrijo donde ocultarse, se decidió finalmente por una de las entradas que había visitado, y con sumo cuidado de no poner los pies en el fatal escalón, se escondió allí un segundo antes que un robot apareciera en el recodo del pasillo.

    Patrick se dio cuenta en seguida de la luz verdosa que brillaba en lo que podía haber sido la nuca del hombre-metálico; luego, al ver aparecer lo que le seguía, comprendió la existencia de aquel tercer ojo y, al mismo tiempo, se le erizaron los cabellos.

    Indudablemente, el haberse reservado criaturas humanas, cosa que demostraba palpablemente la presencia de aquella muchacha en la ciudad y que corroboraba el que no hubiesen matado inmediatamente a Peter, como habían hecho con la. casi totalidad de los habitantes de Londres, planteaba una serie de preguntas cuyas respuestas no podían ser imaginadas sin horror.

    Sendos golpes, rápidos y eficientes, rompieron los mecanismos que servían de ojos al robot. Un tercer golpe tan preciso como los anteriores le destrozó el ojo posterior, cuya luz verde desapareció como por ensalmo.

    El robot se quedó erguido, estúpidamente parado; pero a Gardner, ducho en Robótica, no podía engañarle aquella aparente inmovilidad, ya que estaba seguro de que el aparato transmisor del hombre-mecánico -especialmente concebido para dar la alarma, ante una situación tan anormal como aquella-, estaba funcionando ya.

    La cogió en los brazos, luego de empuñar la pistola normalmente, y echó a correr hacia la parte del pasillo por donde el robot había llegado. Estaba seguro de que la alarma había sonado y le corría una prisa horrible encontrar un sitio donde ocultarse a la búsqueda de los robots que saldrían en ayuda de su compañero.

    Se detuvo ante varias puertas idénticas a las que había visto más atrás. Pero todas ellas daban, después de las inevitables escaleras, a secciones de fabricación, donde pululaban los hombres-metálicos.

    Finalmente, cuando estaba ya desesperado, acertó a mirar por una de ellas, en cuyo fondo descubrió lo que parecía ser un inmenso almacén. Ningún hombre-máquina había allí visible.

    Poco después la muchacha abría los ojos, mirándole con una expresión de indecible horror en el rostro. Patrick estaba dispuesto a taparle la boca si ella intentaba gritar; pero la joven permaneció callada un largo rato, después rompió el silencio para preguntar:

    Tampoco nosotros nos dimos cuenta de lo que estaba ocurriendo. Varias familias salimos de Londres un sábado por la mañana, para pasar el fin de semana en el campo. Mientras nosotros nos divertíamos, la ciudad debió de atravesar su horrible tortura. Luego, el domingo, al atardecer, llegaron los robots. Uno de ellos hablaba correctamente el inglés y nos ordenó que les obedeciésemos, si queríamos conservar la vida.

    Tommie, uno de nuestros amigos, se echó su escopeta de caza al rostro... No llegó a disparar: uno de aquellos hombres-máquinas le apuntó con una especie de lanzallamas y el pobre muchacho desapareció en medio de una densa columna de humo... Fue espantoso!

    Nos condujeron hasta la carretera, donde había una gran cantidad de camiones metálicos, de una estructura que nosotros no habíamos visto nunca. Muchos de ellos estaban ya abarrotados de gente. El silencio era verdaderamente impresionante...

    Nos obligaron a montar en los camiones y nos trajeron aquí. Cuando nos acercábamos a la ciudad, nos quedamos asombrados y un hombre que iba en nuestro coche afirmó rotundamente que había pasado por allí dos días antes, sin ver más que un pedazo de hermosa campiña inglesa.

    Nadie se atrevió a decir cómo podía haberse elevado aquella fantástica ciudad en sólo unos días... unas horas. Estábamos tan profundamente impresionados, que ninguno emitió opinión alguna.

    Debían de haber construido una enormidad de ellas, porque fuimos destinados en una cantidad aproximada de diez por casa. Son cómodas, están dotadas de cuanto puede ser necesario para la vida y hasta poseen biblioteca, radio y cuarto de baño...

    Sí. Nosotros, después que el miedo inicial hubo pasado, creímos que éramos prisioneros de alguna potencia extraña, que había invadido las Islas Británicas. Ignorábamos, claro es, lo que había ocurrido en Londres. Más tarde, cuando llegaron nuevos prisioneros, corrieron las noticias como reguero de pólvora y pudimos conocer los escalofriantes detalles de lo ocurrido en las ciudades.

    En todas ellas había reinado la matanza general, con aquella especie de lanzallamas de los que le hablé antes. Y las ciudades, abandonadas y muertas, habían sido la última imagen que los pocos prisioneros llegados trajeron con ellos...

    No me lo explico dijo finalmente él. Me he estado rompiendo la cabeza, intentando encontrar una respuesta adecuada a cada pregunta que este estado de cosas plantea; pero he de darme por vencido.

    También nos hemos esforzado nosotros en entenderlodijo ella. Mi pobre papá, hasta que se lo llevaron, estaba plenamente convencido de que se trataba de seres procedentes de otro planeta o de otro Sistema, fuera del nuestro o incluso alejado de nuestra galaxia.

    Empezaron unas semanas después de que hubimos llegado a esta ciudad. Fueron llevándose a hombres o mujeres, a un ritmo de una docena por día. Llegaba un grupo de robots armados, dirigido por uno de ellos, que era el que siempre hablaba. Y decía que los elegidos aquel día iban a ser trasladados a otros compartimentos especiales. Afirmaba que, a medida que fueran acondicionados los nuevos apartamentos, iríamos todos a ellos. Pero no podían engañarnos, porque estábamos seguros de que jamás volveríamos a ver a los que se llevaban.

    No lo crea. Pocos días después, dos de ellos montaron en los techos de los salones-plaza, así los llamamos porque en ellos desembocan las casas empotradas en los muros, unos objetos cuya utilidad no vimos, al menos por el momento.

    Pero al día siguiente, cuando habíamos formado la barrera -otros hombres-mecánicos habían venido a por más prisioneros-, los objetos situados en los altos techos empezaron a emitir una especie de ruidos tan espantosos, que la mayoría de nosotros perdimos el conocimiento.

    Fuese lo que fuese, se salieron con la suya. Y a la vez siguiente, en cuanto les vimos acercarse, nos retiramos, ya que todavía sufríamos de terribles dolores causados por esos ultrasonidos.

    Locura? Cree acaso que puedo permanecer tranquilo mientras ocurren cosas como las que están pasando aquí? La seguridad que poseo de que debe de haber alguien que dirige todo esto, me empuja a buscarlo. Quién habita los pisos superiores de estos colosales rascacielos?

    Nunca podrá saberlo. Uno de los nuestros, que logró vencer el efecto hipnótico del ojo posterior del robot que lo conducía y que volvió con nosotros desgraciadamente por poco tiempo, ya que fue sacado de allí tres horas después nos habló de unos ascensores que subían hacia lo alto de los edificios; unos ascensores donde el espacio estaba tan bien calculado QUE NO CABÍAN MAS QUE EL PRISIONERO Y EL ROBOT QUE LO CONDUCÍA HACIA ARRIBA.

    Me acaba usted de dar una idea, señorita. Voy a echar una ojeada. Si la vigilancia ha cedido, podremos caminar hacia sus amigos. Lo que más me interesa es ponerla a salvo y saber si Peter está fuera de peligro.

    En realidad, aquella expresión de campo estaba desprovista de lógica, ya que lo que verdaderamente era aquello, más que otra cosa, era una ciudad con cerca de veinte mil habitantes encerrados en unos inmensos patios, con techo y en cuyos muros, a estilo de las habitaciones prehistóricas, estaban empotradas las de aquellos desdichados.

    Elma no habla exagerado lo más mínimo, como pudo comprobar Patrick, al visitar una de aquellas viviendas. El interior había sido concebido con un estilo limpio y funcional, sin que faltasen los detalles de una cierta comodidad, en modo alguno restringida.

    Gardner no dejó de extrañarse de la sensación de paz que le invadía cuando, junto a Elma y Peter, tomó asiento en el coquetón saloncito de la casa de la muchacha, que ésta se disponía a abandonar, buscando cobijo, junto al niño, en un sitio donde los robots no pudiesen hallarlos.

    Sin embargo, no llegó a explicarse el motivo de aquello. Y cuando los hombres más importantes le visitaron -se había corrido la voz de su llegada y de sus propósitos-, tuvo que abandonar sus meditaciones.

    Mi idea explicó el joven, la única en realidad que nos permita descifrar el misterio que nos rodea, es llegar hasta los pisos altos de la ciudad. Allí, sin duda alguna, encontraré la respuesta a todas las preguntas que nos hayamos podido hacer.

    No llegará usted jamás. Creemos dijo su interlocutor que los que son conducidos hacia arriba lo hacen en estado hipnótico, no pudiendo percatarse, por lo tanto, de nada de lo que les rodea.

    He pensado en ello. Afortunadamente, cuando salimos en el Audaz, rumbo al espacio exterior, íbamos bien dotados de armas contra los peligros que podían asaltarnos en los planetas que íbamos a visitar. Entre las cosas que llevábamos había un producto recientemente descubierto, la Anti-hipnotina, capaz de contrarrestar cualquier influjo hipnótico o telepático...

    Yo llevaré cuatro pastillas, ya que no sé el tiempo que he de permanecer alerta. El resto, hasta veinte que tiene el tubo, se lo entregaré a ustedes, de manera a que, por grupos de cuatro, vayan proporcionándoselas a los más aptos de entre los que los robots saquen de aquí. La ayuda de esos voluntarios, una vez lleguen al lugar donde yo sea conducido, podrá serme verdaderamente preciosa.

    Elma me ha dicho que los hombres-máquinas son incapaces de establecer una diferencia fundamental entre las víctimas que eligen. En el último instante, suplantaré a una de ellas y seguiré al robot-guía como si en realidad estuviese bajo el influjo de su ojo posterior.

    De todas formas ella bajó la mirada y Gardner pudo observar cómo se empurpuraban las mejillas de la joven, deseo que tenga cuidado. Lo que va a hacer es tremendamente peligroso.

    Aquel día se ocupó personalmente de trasladar a la muchacha y al niño a un lugar seguro. Peter le preguntó por Kummy, y él le mintió, para que el niño no sufriese, diciéndole que lo había dejado fuera de la ciudad, junto al depósito de víveres.

    Si logramos dominar a los que rigen esta monstruosa ciudad dijo el joven, haremos que los robots dejen de trabajar y de hacer mal. Entonces veremos lo que ha podido ocurrir en el resto del mundo.

    Cómo es posible que no nos hayan ayudado? Los teléfonos dejaron de funcionar y es casi seguro que, mientras esos monstruos metálicos atacaban Londres, hubiese gente que saliese, en avión, con dirección a otra parte, gente que ha podido dar la alarma.

    No vale la pena romperse más la cabeza concluyó uno de los presentes. Debemos actuar y, si logramos salir con vida del empeño, podremos enterarnos de todo lo que ha ocurrido.

    La proximidad de una jornada de emociones indescriptibles hacía que su espíritu se mantuviese tenso, como un resorte de acero. Sopesaba cuidadosamente los pros y los contras, llegando siempre a la misma lógica conclusión: las probabilidades de salir con vida de aquella loca expedición hacia lo desconocido estaban en razón de una a mil...

    Cien pisos más arriba, hacia la mitad del colosal rascacielos central que dominaba con su imponente altura el conjunto de gigantes de aluminio que formaban ULTRAMETRÓPOLIS, la ciudad sobre las ciudades, en aquellos momentos se detenía un ascensor múltiple, de donde salieron cinco robots.

    Todos ellos de un tipo superior al normal. Y, además de los dispositivos perceptores que poseían todos, tenían un mecanismo de razonamiento elemental, pero llevado hasta su máximo desarrollo.

    Al salir del ascensor caminaron formados hasta una sala vecina, en la que se detuvieron, ocupando el centro geométrico de la estancia. Las paredes ofrecían a ambos lados dos tubos metálicos que salían rodeados de otros más pequeños, lo que hacía pensar en dos órganos incrustados en los muros.

    Hubo un corto silencio; después, una de las válvulas de la parte superior de la cabeza del primero de los robots empezó a parpadear. Momentos más tarde la voz imponente sonaba en el megáfono.

    Todos los prisioneros que formaban lo que Gardner llamaba el grupo de ataque, estaban seguros de que los robots irían aquella mañana en busca de sus habituales presas. También quisieron formar parte del primer equipo, de manera de ayudar directamente al astronauta; pero Patrick se había negado en redondo, ya que deseaba poder actuar solo, sin que la presencia de alguien embarazase sus movimientos y decisiones.

    Sí. Al principio, según oímos decir, porque no fuimos los primeros en llegar, se llevaban a muchas muchachas y a muchos hombres; luego, poco a poco fueron disminuyendo en la cantidad que solicitaban.

    Me enamoré de ti en seguida, Patrick. En otras circunstancias hubiese esperado, como lo hacen todas las chicas, a que tú me hubieras dicho algo; pero ahora, cuando te he visto levantarte, dispuesto a irte, creí que no podría resistirlo.

    Eso es lo que se suele decir. Sin embargo, amor mío, preferiría que te quedases. No te das cuenta de que me quedo completamente sola? Primero papá y ahora tú... Hubiese querido que me dejaras seguir mi camino cuando el robot me conducía a la...!

    Desde que habían colocado los dispositivos de ultrasonidos, los voluntarios se presentaban en seguida. Hubo muy pocas escenas de despedida y casi inmediatamente, los prisioneros se colocaron en una hilera. Mientras se ordenaban, Gardner se tragó uno de los comprimidos.

    Mientras avanzaba, con los ojos entornados y la mirada fija en los pies del hombre-metálico que le precedía, Gardner, contento del rápido efecto de la Anti-hipnotina, pensaba en la casualidad que había sido el que Elma fuese la única conducida en aquel día en que la encontró en aquel mismo pasillo.

    Un nuevo pasillo apareció ante él, cuando los robots, después de subir una escalera, ascendieron a una planta que el joven desconocía. Sonrió al comprobar que todos los escalones cuatro transmitían una señal cuando se pisaba en ellos.

    Al llegar ante los ascensores, comprobó la veracidad de lo que. le habían contado en el campo de prisioneros. Los ascensores eran bipersonales y no cabía en cada uno de ellos más que un robot con su correspondiente acompañante humano.

    Por la velocidad y el tiempo transcurrido hasta que el ascensor se detuvo, Patrick se percató de la tremenda distancia que había cubierto. Por eso, cuando el aparato abrió automáticamente sus puertas, no se extrañó de leer, en el muro, un letrero que anunciaba que aquél era el piso 403.

    Los otros robots habían desembocado en aquella especie de pasillo. Y al estar nuevamente reunido el grupo, se constituyó el inevitable desfile hasta que el primer robot se detuvo, al desembocar en una sala de enormes dimensiones.

    Se detuvieron los hombres mecánicos antes de llegar a la entrada. Entonces, después de un corto espacio, una esfera que emitía la famosa luz verde, apareció repentinamente flotando en el espacio.

    Un corto pasillo y después, una sala, cuyas paredes transparentes permitieron al joven echar una curiosa ojeada al otro lado, donde medio centenar de hombres y un centenar de muchachas trabajaban ante unos complicados cuadros, repletos de aparatos y controles.

    Observó que todas las muchachas llevaban puestos unos cascos que les hacía parecer telefonistas en una gran central. Ante ellas, una multitud de luces de todos los colores se iban encendiendo o apagando con una curiosa intermitencia.

    Los hombres, todos ellos vestidos de blanco, maniobraban ante paredes transparentes, muy parecidas a los cuadros de radar, donde iban marcando líneas y cruces, a medida que las telefonistas les transmitían los datos necesarios.

    Aquello le hacía presentir algo que debía de poseer una importancia capital. Y la semejanza de aquella sala con un Estado Mayor supermoderno le hizo pensar en que UNA HORRIBLE GUERRA SE HABÍA DESENCADENADO SOBRE LA TIERRA.

    Justamente, en el momento en que una puerta se abría al fondo ante ellos, un sonido prolongado e hiriente atravesó la transparente pared y Gardner pudo ver la salida de una docena de proyectiles teledirigidos, de un modelo completamente desconocido para él y que partían raudamente hacia el espacio, donde desaparecieron en un santiamén.

    A Gardner le pareció que aquellos dos hombres estaban bajo el influjo hipnótico que dominaba a sus compañeros. Al fijarse en la expresión de ausencia que reflejaban sus rostros, recordó que en el Puesto de Mando había observado lo mismo.

    Gardner se dio cuenta de que había llegado el momento de actuar. Había observado detenidamente el laboratorio y visto que había multitud de lugares donde un hombre listo podía esconderse fácilmente.

    Así, habiéndose quedado el último de la fila, merced a una hábil maniobra, logró esconderse detrás de un aparato de grandes dimensiones, viendo cómo los demás desaparecían por un pasillo adyacente.

    Cinco hemisferios cerebrales; pero, como tenemos dos ambidextros a los que podemos extirpar la totalidad de la masa encefálica, no tendremos que hacer, en realidad, más que una intervención quirúrgica y dos autopsias.

    Patrick, desde su escondite, había oído y observado detenidamente a aquellos dos hombres. Ya no le cabía la menor duda de que ambos estaban bajo un fuerte influjo hipnótico; pero, de todas formas, era una hipnosis especial, ya que, aparentemente, se comportaban como dos seres normales.

    Lo que había oído empezaba a explicar muchas cosas; pero lo que más urgentemente se imponía era impedir que aquellos dos médicos siguieran desposeyendo de su cerebro a los desdichados prisioneros. No eran, en modo alguno, responsables de nada, pero tenían la fuerza de instrumentos obedientes y sumisos.

    Gardner se dispuso a actuar. Nada más que el pelirrojo salió de la estancia para dirigirse a otra vecina, Patrick se movió como una sombra, acercándose prudentemente al profesor, de manera que cuando llegó a él, éste le daba la espalda.

    El puno derecho de Gardner salió disparado, chocando violentamente contra el mentón del sabio; después, antes de que Fredson se desplomase, Patrick lo cogió con ambos brazos y lo depositó suavemente en uno de los sillones vecinos.

    Se dirigió hacia la habitación vecina, un colosal y ultramoderno antequirófano. Knigth estaba atareado junto a una especie de esfera, cuyos manómetros y palancas había empezado a manejar.

    El joven siguió el mismo procedimiento y cuando tuvo al ayudante entre sus brazos, después de haberle administrado el mismo enérgico tratamiento, lo cogió, lo llevó junto al profesor y lo dejó sobre un sillón vecino al que ocupaba Fredson.

    Su mirada iba de los dos hombres inconscientes a la pantalla por la que el profesor había hablado antes. Si le llamaban, la cosa podría ponerse verdaderamente fea, ya que tendría que ser él quien contestase.

    No sabe usted cuánto le agradezco que salvase a mi hija. En realidad, nunca creí que la trajesen; al menos para complacerme. Es curioso añadió que no me olvidase de Elma en estado hipnótico. Francamente, no recuerdo nada de lo que he hecho desde que salí de abajo.

    Todavía no lo sé, señor; pero, indudablemente, lo que más interesa es destruir la mente diabólica que dirige todo esto. Los robots, por el momento, no me preocupan demasiado. Tiempo tendremos de pasar por la Sala de Control y enterarnos de muchas cosas más.

    El pasillo estaba ligeramente inclinado, en rampa. Los dos jóvenes lo escalaron rápidamente, desembocando en una sala, dotada de una barandilla, desde la que era visible un amplio patio lleno de hombres y mujeres que estaban sentados, bajo un sol artificial de rayos ultravioletas.

    Sí. Yo llevo mucho tiempo aquí, ya que fui uno de los primeros que salieron de abajo. Algunas veces, logré salir del estado hipnótico, percatándome de mi horrible labor. Entonces trabajaba yo en el quirófano con el profesor Ballinger.

    Me volvía loco y me precipitaba al intercomunicador diciéndole a Konrad todo lo que se me pasaba por la cabeza; otras veces corría hacia su despacho, con la intención de matarle. Pero el pobre Ballinger, bajo el efecto hipnótico, le comunicaba mi estado y él enviaba una de sus malditas esferas verdes que volvía a robarme la voluntad.

    Porque así sabíamos qué parte del cerebro podía interesarnos. Generalmente, todos los engramas, es decir todo lo que sabemos y aprendemos, se graba en el lado opuesto al de la mano más hábil. La parte más útil de un hombre que maneja su derecha, está en el lado izquierdo del cerebro; en los zurdos pasa lo contrario.

    En los seres que manejan con igual habilidad y destreza ambas manos, las dos partes del cerebro están repletas de engramas; por eso nosotros nos limitábamos a hacer una autopsia... matándolos previamente.

    Usted podría subir por ahí, dirigiéndose hacia los sistemas de ventilación; éstos salen a una altura de unos dos metros en el despacho de ese monstruo. Desde allí, mientras yo le entretengo, haciéndome el hipnotizado, puede usted obrar a su antojo.

    Nerviosamente, el profesor Fredson se paseaba, como un león enjaulado, por la ancha dimensión del laboratorio. La importancia de la misión que aquel valiente joven se había impuesto le hacía estremecerse.

    Ahora, cuando el efecto de la hipnosis había pasado, su mente trabajaba potentemente, intentando explicarse el misterio de aquella monstruosa ciudad y los proyectos de Konrad Fischer, el más ambicioso de los hombres que había conocido.

    Profundamente emocionado, Fredson se acercó a la pantalla, que acababa de encenderse en aquel preciso instante, dibujando las facciones de un hombre de cierta edad, pero relativamente joven, de amplia frente y ojos extraordinariamente vivos y brillantes.

    Siguió hablando mientras Fredson se percataba, con horror, de que la muchacha estaba bajo el influjo de una potente hipnosis. En aquel estado, Konrad no tendría muchas dificultades para lograr lo que se proponía.

    Un grupo de hombres penetró en la habitación. Estaban los que habían llegado como prisioneros aquella misma mañana y otros muchos. Iban armados de barras de hierro que debían de haber desmontado en algunas instalaciones mecánicas de su encierro.

    Lo estupendo fue el procedimiento que descubrimos para sacar a los otros de su estado hipnótico dijo otro de los hombres. Un simple directo a la mandíbula... y ya está!

    Gardner, después de avanzar dificultosamente por el estrecho conducto del tubo de aireación, descansó un poco. Después desembocó en un espacio lo suficientemente ancho para poder recuperar una postura monos molesta que la que había elegido hasta entonces.

    El germano estaba junto a una mesa, consultando unas notas. Después, se levantó y oprimió uno de los botones que había sobre la mesa. La pantalla se iluminó y Gardner vio en ella un rostro que le era completamente desconocido.

    Perfecto. Ocúpese de que terminen todas las resistencias parciales. Renueve, ahora mismo, las dotaciones de proyectiles teledirigidos a todas las metrópolis. Comunique a los robots-jefes que Ultrametrópolis está orgullosa de su comportamiento. Doble dosis de energía cerebral para ellos!

    El hombre avanzó despacio, demostrando una decadencia orgánica muy acusada; sin embargo, su mirada -una mirada límpida- estaba llena de energía, como si todo lo que quedase de fuerza en su cuerpo se hubiese concentrado en sus ojos.

    Lo dices porque te come la envidia, Ballinger. Fuiste el único hombre al que me confié. Tenia fe en ti y creí que me ayudarías. Me hiciste confiar en la creación de unos robots que alcanzasen casi una perfección humana...

    Enloquecí, en aquel entonces, enviciado en tu atmósfera de demente. Pero, por fortuna, me di cuenta de lo que te proponías. Además, lo de los robots casi-humanos no era más que una alucinación tuya.

    Porque ahí están las pruebas. Todas las metrópolis del mundo, creadas por los robots en pocos días, gracias a nuevos procedimientos de trabajo, están mandadas por robots de clase A, en cuyo interior colocamos sustancia cerebral humana... Y han vencido a los hombres!

    Quimeras. Hace mucho tiempo, cuando trabajamos los dos, ocultos en mi laboratorio, creí en todo eso. Pero el tiempo ha pasado y me he percatado de que, además de ser la más horrenda de las monstruosidades, sería completamente inútil.

    No, verdades. A pesar de que el semi-cerebro que llevan los robots de clase A, está bañado en sustancias alimenticias especiales, que prolongan su vida, llegará un momento en que tejidos y células envejecerán definitivamente. Será entonces el principio de un proceso irreversible que acabará con tus sueños de loco. Porque entonces, Konrad, te encontrarás completamente solo, rodeado de muñecos inservibles y de unos cuantos humanos enfermos, tarados de un inhumano tratamiento de hipnosis prolongada.

    No. Te estoy bosquejando el negro porvenir que te espera. Fuiste tan canalla como para destruir la vida humana sobre la Tierra. Después, cuando llegue la hora de tu muerte, dejarás un planeta poblado por máquinas que se irán parando, poco a poco.

    No te hagas ilusiones, amiguito. Empiezo a conocer tu famosa ULTRAMETRÓPOLIS, en la que entré astutamente, liberando a Elma y llegando hasta aquí, a pesar de tus estúpidas esferas verdes.

    Sí prosiguió diciendo Patrick. Saldré de aquí con todos los que esperan abajo. Y luego, cueste lo que cueste, destruiremos las malditas ciudades que has hecho en el mundo. No quedará nada de tus robots y, aunque tendremos que trabajar mucho para llegar a donde estábamos cuando tú realizaste tu ambicioso plan, trabajaremos alegres con la seguridad de que Konrad Fischer no puede hacer daño a nadie.

    Sonriendo, Patrick destapó la probeta y dejó caer un chorro en el suelo. La dura superficie de plastikon empezó a hervir, apareciendo momentos más tarde un orificio irregular que comunicaba con la planta de abajo.

    Eso es asunto mío, Konrad. En mis ratos libres, terminé de preparar una sustancia en la que había investigado hacía mucho tiempo. Mi estado hipnótico no debió influir en mi interés por esas experiencias: éste es el resultado, el ácido dipropionítrico, mil veces más corrosivo que todos los conocidos.

    Ninguno entendió aquellas enigmáticas palabras, pero lo importante fue que Fischer indicó al pelirrojo el lugar donde se hallaba la joven. Acompañado por Gardner, que no había dejado la redoma, Knigth se dirigió hacia la biblioteca, apoderándose del libro que el otro le había indicado.

    Es igual. Fue esa desigualdad emotiva en los humanos la que me llevó a poner en práctica mi proyecto. Hace treinta años, yo apenas era conocido. Diez años más tarde, mi nombre sonaba en todas las ciudades del mundo.

    Por aquel entonces, yo fabricaba los mejores robots del mundo. Cuantos quisieron hacerme competencia fracasaron rotundamente y mi marca se impuso por doquier. Suministraba robots a los cuatro puntos cardinales de la Tierra.

    Hasta que, un poco más tarde, aparecía Ballinger en mi vida. Juntos, en mi estupendo laboratorio, hicimos algunos ensayos sobre unos robots, que provisionalmente llamamos de clase A. Lo verdaderamente formidable de la idea de mi colaborador era la mezcla de mecanismos delicados con tejido cerebral humano. Las pruebas fueron tan decisivas, que me puse a fabricar robots de aquella clase.

    Pero entonces, mientras comprobaba su gran adaptación y utilidad, pensé que estaba perdiendo estúpidamente el tiempo y qué ninguno de los clientes recibiría jamás un A. Me acababa de dar cuenta de que estaba creando el ejército que me haría dueño del mundo!

    Mientras, poseía dinero suficiente para poder realizar mi plan. Y mezclados con los otros robots, que eran enviados a todas las ciudades del mundo, envié a mis espías, a mis maravillosos A disfrazados de robots corrientes. Después, fui preparándolo todo y creando los robots de aluminio, por cientos de millones, que más tarde iban a servirme para ayudarme a levantar el esqueleto de mis gigantescas metrópolis.

    Un día -el más maravilloso de mi vida- lancé la orden y aquí primero y después en las cinco partes del mundo, los robots crearon ciudades parecidas a ésta y empezaron, como primera labor, a eliminar a los humanos de las capitales, ya que allí residía el corazón y el cerebro de las naciones.

    Lo que hicimos en Londres fue hecho en París, en Berlín, en Madrid, en Calcuta, Tokio o Bogotá. A las seis horas de haber empezado mi colosal ofensiva, podía decirse que el mundo ya estaba entre mis manos.

    Se lanzó como una exhalación, consiguiendo apoderarse de la redoma que Patrick tenía en las manos. Por fortuna el joven, en un reflejo de defensa, había agarrado, sin darse cuenta, el tapón de cristal esmerilado, quedándose con él en la mano.

    Escuche! Haga relevar todo el personal humano por robots de clase A! Luego, diríjanse a la parte baja de la ciudad. Antes ordene que los robots saquen los vehículos y carguen con los humanos del recinto de prisioneros. Cuánto tiempo tardará en hacer todo eso?

    Perfectamente. Comunica a las metrópolis de todo el mundo, combinando los nombres por pares, que se autobombardeen, aludiendo a que se han procedido sublevaciones por todas partes. Por ejemplo: Madrid bombardeará a Lisboa y ésta a Madrid en el mismo instante. Que envíen la carga máxima de proyectiles! No hay humanos en las metrópolis, verdad?

    Patrick se retiró de la pantalla y encendió un cigarrillo. Sonrió tristemente al pensar en el papel que le había dado el destino. No tendría, ni con mucho, tiempo de salir de allí cuando ordenase la destrucción de ULTRAMETRÓPOLIS. Los proyectiles que Berlín y París lanzarían eran demasiado rápidos.

    Correcto. Escucha ahora. Ordena a Berlín y París lo que sigue. Dispondrán la mitad de su reserva en proyectiles, lanzándolas, dentro de quince minutos, contra ULTRAMETRÓPOLIS; dales la misma excusa. En cuanto hayan largado sus proyectiles, ordenarás que hagan lo mismo que las otras metrópolis han hecho. París lanzará el resto contra Berlín y ésta hará lo mismo con aquélla.

    No se dio cuenta de que dos sombras surgían a su espalda. Una de ellas, más ágil, se acercó, golpeándole en la cabeza con un objeto duro. Gardner se desplomó en los brazos de aquel hombre.

    Largo de aquí! He oído todo lo que ha ordenado Gardner y les quedan muy pocos minutos! Y no me repliquen. Yo, después de todo, tuve algo de parte en los monstruosos sueños de Konrad... Fuera o disparo!

    Escucha le dijo al robot que apareció: ordena que un par de robots preparen un vehículo ultrarrápido en la salida para llevar a tres hombres a Londres. Retrasa, ahora mismo, la orden que te di para Berlín y París, diez minutos más.

    Ballinger tomó asiento en un sillón y esperó. Un par de veces, su mirada se dirigió al orificio que el ácido había hecho en el sitio donde cayó Konrad. Entornando los ojos, sonrió tristemente.

    Y Ballinger entornó los ojos, pensando en la nueva Humanidad que surgiría, sin el veneno de una ciencia que había caído en manos diabólicas. Deseó de todo corazón que los hombres fuesen un poco más buenos, un poco más sensatos.

    No pudo oír la llegada de los proyectiles, porque el sonido, humillado, quedaba muy atrás. Pero, cuando las potentes cargas de explosivos tocaron ULTRAMETRÓPOLIS, la conciencia de Ballinger estaba en estado de tranquilidad y paz absolutas.






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